MADRE MARIA EUGENIA
Nacida en Metz el 26 de agosto (jueves) 1817, compartió su infancia
entre la casa natal de los Milleret de Brou y la vasta propiedad de Preisch, en la frontera entre Luxemburgo, Alemania y Francia.
De una familia incrédula cuyo padre, volteriano, es un alto funcionario
y la madre, una excelente educadora, que solo practica un formalismo
religioso, Ana Eugenia tendrá un verdadero encuentro místico con
Jesucristo el día de su primera comunión, en la Navidad de 1829: «Nunca
lo he olvidado».
En 1830, su padre cae en la ruina y tiene que vender el Castillo de
Preisch y más tarde la casa de Metz. Sus padres se separan; ella se va a
París con su madre, a la que una epidemia de cólera
- una enfermedad que en aquella época azotaba con gran fuerza París -
se llevará brutalmente en 1832. La recoge una familia amiga rica en Châlons.
En su adolescencia de 17 años, conocerá el desarraigo y la soledad en
medio de las mundanidades que la rodean: "Viví unos años preguntándome
sobre la base y el efecto de las creencias que no había comprendido… Mi
ignorancia de la enseñanza de la Iglesia era inconcebible y con todo
había recibido las instrucciones comunes del catecismo." (Carta al P. Lacordaire, 1841). Su padre la hace volver a París.
Durante la Cuaresma de 1836, encuentra la luz al oír al P. Lacordaire predicar en la Catedral de Notre-Dame.
"Vuestra palabra despertaba en mí una fe que nada pudo hacer vacilar."
"Mi vocación empezó en Notre-Dame" dirá más tarde. Se apasiona por la
renovación del cristianismo suscitada por Lamennais, Montalembert y sus amigos. Entre ellos está el padre Combalot,
al que oye predicar en San Sulpicio en marzo de 1837. Ana Eugenia se
encontrará por primera vez con él en San Eustaquio. El soñaba en fundar
una congregación dedicada a Nuestra Señora de la Asunción, para formar a
jóvenes de los medios dirigentes, la mayoría irreligiosos. Ella soñaba
en la vocación religiosa. Primero duda en seguirla, luego la acepta.
EL P. Combalot la envía al Convento de la Visitación de La Côte-Saint-André (Isère), experiencia que dejará en ella la marca del espíritu y de la espiritualidad de San Francisco de Sales.
Ya tiene las bases de su pedagogía; rechaza una educación mundana en la
que la instrucción cristiana es muy poca; quiere un cristianismo
auténtico y no un barniz superficial; quiere dar a las jóvenes una
educación de todo el ser a la luz de Cristo.
En abril 1839, se le unen dos jóvenes para realizar este proyecto, en
un apartamento pequeño de la rue Férou; en octubre, serán ya cuatro en
un piso de la calle de Vaugirard; estudian teología, la Sagrada
Escritura y las ciencias profanas. Kate O’Neill, una irlandesa, ya está
con ellas, y tomará el nombre en religión de Thérèse-Emmanuel; de fuerte
personalidad, acompañará a Maria Eugenia de Jesús ofreciéndole su
amistad y su ayuda durante toda su vida.
Las hermanas se separan definitivamente del P. Combalot en mayo del
1841. Su manera de dirigir la obra era muy desconcertante y sus
relaciones con el arzobispo de París eran un tanto desmesuradas, lo que
podía poner en peligro la obra naciente. Monseñor Affre les ofrece el
apoyo de su vicario general, Monseñor Gros. Fue una liberación. Las
hermanas vuelven a los estudios y hacen su primera profesión religiosa
el 14 de agosto de 1841. La pobreza en la que vivían era grande y la
comunidad no aumentaba. Esto no impidió a S. Maria Eugenia abrir el
primer colegio en la primavera de 1842, en el Impasse des Vignes. Más
tarde se instala en Chaillot porque la comunidad crece y es cada vez más
internacional. Se queja a veces de los sacerdotes y de los laicos
demasiados replegados en sus costumbres piadosas:"Su corazón no latía
por nada que fuera grande."
En octubre de 1838, se encontrará con el P. d’Alzon que fundará los
Asuncionistas en 1845. Esta gran amistad durará 40 años. Impregnado de
las ideas de Lamennais, lleno de amor a Jesucristo, unido a la Iglesia,
arrastra a Ana Eugenia; ella le modera. Es combativo; ella mesurada. Las
fundaciones se multiplican a través del mundo. Roma reconoce a esta
nueva Congregación en 1867. Las Constituciones o la Regla de la
Congregación de la Asunción se aprobarán definitivamente el 11 de abril
de 1888. La muerte del P. d’Alzon en 1880 presagia el despojo que ella
había entrevisto como necesario en 1854: "Dios quiere que todo caiga a
mi alrededor." S. Thérèse-Emmanuel morirá el 3 de mayo de 1888, y su
soledad se hace más profunda. El crecimiento de la Congregación es ya
una carga pesada para ella. Entre 1854 y 1895, nacen nuevas comunidades
en Francia, luego las fundaciones en Inglaterra, España, en Nueva
Caledonia, en Italia, en América Latina, en Filipinas. Los viajes se
suceden, las construcciones, los estudios, las decisiones… Pero su
preocupación constante será siempre su intuición inicial a la que las
hermanas tienen que responder, fieles a las llamadas del Señor y sin
medianías. "En la educación, una filosofía, un carácter, una pasión.
Pero ¿qué pasión dar? La de la fe, la del Amor, la de la realización del
Evangelio». O más aún: "Sería una locura no ser lo que se es con la
mayor plenitud posible." Las religiosas serán profesoras educadoras
adaptándose a las necesidades que va presentando la evolución de la vida
y de la Iglesia, sin dejar de lado las observancias monásticas. Cuando
descubre la debilidad de la vejez, "un estado en el que solo queda el
amor", se va borrando poco a poco. "Solo me queda ser buena." Su salud
se altera. Vencida por una parálisis en 1897, no le quedará más que su
mirada para expesar esa bondad. El 10 de marzo de 1898, se encuentra
definitivamente con Cristo resucitado, su única pasión mientras ella
estaba en la tierra.
no entien a ala madre maria eugenia soy tu pensamiento no seas monja